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¿Quién fue?
Conociendo su vida y sus logros descubrimos que, si bien el
P. Zubieta fue un hombre de su tiempo, tuvo tal visión
de futuro que hoy asombra y que la hace válida dar respuesta
a muchas búsquedas actuales.
Él
aprovechará los adelantos técnicos de la revolución
industrial y los llevará a la selva peruana, convirtiéndose
en impulsor de muchos cambios que sacan de las sombras a la Amazonía
Peruana, selvática y desconocida, y la incardina en la
geografía y en la historia sociopolítica del Perú.
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Raíces familiares
Ramón Zubieta y Les nació el día 31 de agosto
del año 1864 en Arguedas, pueblo de la Provincia de Navarra,
España. Será el menor de cuatro hermanos. Sus padres:
Braulio Joaquín Zubieta Falces e Ignacia Ramona Les Ruiz.
En mayo de 1865 falleció su padre y Ramona
se quedaba viuda con sus cuatro hijos aún muy pequeños.
Con el apoyo de la familia los educa y saca adelante. En la realidad
familiar y social de su pueblo natal recibió una formación
cristiana y las bases de una formación humana que marcarán
su futuro. En este ambiente familiar profundamente cristiano, creció
Ramón; niño, según se dice: travieso, vivaracho,
aplicado, dócil, reflexivo y con un corazón de oro.
A los cinco años empieza a frecuentar la
escuela del “domine”: Don Lino Muñárriz,
que juntaba en la clase a todos los niños del pueblo, cualquiera
que fuera su edad, y que posteriormente le iniciaría en el
estudio del Latín. Durante este tiempo se va fraguando una
devoción que marcará su vida, el amor a la Virgen
del Yugo, Patrona del Pueblo.
Dominico
Desde siempre Ramón quiso ser sacerdote. Tenía Ramón
catorce años cuando su madre, que no entendía mucho
de eso pero que le apoyaba en su decisión, consultó
a su tía Catalina Les, Religiosa en un Convento de la Tercera
Orden Dominicana situado cerca de Alfaro, sobre las propuestas
de su hijo. Su tía colaborará en el discernimiento
de su vocación y toma de decisiones.
Cumple dieciséis años y sigue esperando y reafirmando
su vocación. Su primitivo sueño de ser sacerdote
irá evolucionando y manifiesta su deseo de ser misionero.
El heroísmo de los Misioneros Mártires de Tonkín,
China, que se daba a conocer en la época, animará
la vocación misionera de Ramón.
En este proceso de discernimiento recurre a su tía Catalina
y será ella, la que en principio se opone... quien le irá
encaminando hacia el conocimiento de la Orden Dominicana y a definir
su vocación. Acude a pedir ayuda a la Virgen del Yugo y
decide: ¡Seré Dominico, la Virgen lo quiere!
Ingresa en la Orden de Predicadores, comenzando su formación
en el Convento de Ocaña, Toledo. Inicia el Noviciado el
día 6 de diciembre de 1881. Un año después
hace la Profesión, el día 17 de diciembre de 1882.
Luego, el Convento de Santo Tomás, en Ávila, será
su lugar de formación, estudio y permanencia durante los
cinco años siguientes. Se afianza su vocación misionera
y después de emitir votos solemnes es destinado a Filipinas
hacia donde sale el día 27 de julio de 1888. Es Ordenado
Sacerdote en Manila el 16 de marzo de 1889.
Misionero en Filipinas
Su deseo era vivir el ideal misionero de forma
heroica y ser destinado a Tonkin, China. No fue así. Se reorganizan
las misiones dominicanas en Filipinas y es destinado a Solano, al
norte de la Isla de Luzón. Allí aprende la lengua de
los igorrotes y el trato con los calingas.
El 9 de marzo de 1891 se estrena como responsable de un nuevo puesto
de misión, en zona de clima y situación difícil:
Mongogao, lugar que cambiará pronto su nombre por el de O´Dena
- Misión de San Antonio. Aquí será donde el P.
Zubieta celebra su primera misa el día 15, al aire libre, bajo
un pobre toldo en un altar que él mismo construye.
En estos lugares de misión es donde el P.
Zubieta va a encontrar las mismas dificultades y problemas que, en
mayor escala, le acompañarán toda su vida misionera
y que él vencerá y solucionará gracias a sus
grandes dotes de creatividad, energía, tenacidad y gran fe.
Poco a poco va definiendo las líneas de su acción misionera,
su estilo evangelizador. Al final de uno de sus escritos, ante el
conocimiento que va adquiriendo de la realidad, señalará:
Primero se han de formar los pueblos, después los hombres,
y últimamente los cristianos; esa es nuestra ocupación
actual.
Prisión y torturas
La vida de los misioneros no estuvo ajena de los
acontecimientos históricos de final del siglo, las luchas por
la independencia de Filipinas de la Colonia, España, en 1898.
La agitación, la lucha, llega al apartado emplazamiento de
la Misión de O'Dena. En situación de guerra son tratados
como enemigos todos los españoles, fueran autoridades, comerciantes
o misioneros.
El 31 de agosto el P. Zubieta, que tenía
treinta y cuatro años, al igual que otros misioneros es hecho
prisionero. Permanece en la cárcel 18 meses en los que padecerá
toda clase de golpes, insultos, bofetadas, azotes, torturas atroces;
situación inhumana en las cárceles a las que son trasladados
frecuentemente y redistribuidos, en condiciones degradantes, en las
diferentes etapas de su cautiverio; teatrales amenazas de fusilamiento
que son suspendidas en repetidas ocasiones entre burlas y desprecios
de sus torturadores. Todo discurre entre la impotencia de los buenos
filipinos que no se atreven a prestarles ayuda, porque también
ellos se encuentran amenazados.
Distintos lugares de prisión y... larga
descripción de martirio en esta época. Las ayudas recibidas
de humildes y valientes gentes y de las Hermanas Dominicas que se
enfrentan a los torturadores y apoyan, cuando pueden, a los prisioneros.
Van muriendo varios de entre ellos y al fin, cuando los sobrevivientes
son liberados el 30 de diciembre de 1899, suben al barco que les llevará
a Manila donde llegan el día 1 de enero de 1900.
Nuevos caminos
El año 1900 permanece en Manila reponiendo
su salud, lo que no consigue totalmente pues durante años sufrió
las secuelas de esta época. Como sus compañeros sueña
con volver al lugar de misión. Mientras esperan el regreso,
el P. Zubieta ayuda al P. Burgués en la elaboración
de un tratado geográfico: “El Valle de Cagayán”.
A él corresponde el estudio de la parte Sur que conocía
muy bien, pues allí estuvo enclavada la misión de San
Antonio de O´Dena.
A pesar de esta experiencia martirial en su vida
misionera mantiene vivo el deseo de ir a Tonkin. Otros son los planes...
Los superiores le enviarán a las misiones de América.
El Maestro General confía a la Provincia del Rosario, una nueva
Prefectura que la Santa Sede desea fundar en Perú: Prefectura
de Santo Domingo del Urubamba y Madre de Dios. Debe enviar a un Padre
experimentado y práctico en las misiones y se lo confía
al P. Zubieta.
El P. Zubieta reflexiona, discierne y acepta la
propuesta pidiendo dos compañeros que le acompañen y
que le serán denegados ante la necesidad de misioneros en Filipinas.
En abril de 1901 viaja en barco a España, donde descansa y
desde donde reemprenderá viaje al Perú. El P. Zubieta
nunca regresó a Oriente, pero no olvidará Filipinas.
La consideración que de él tenían queda expresada
en este párrafo escrito por un compañero al despedirlo:
“Espíritu emprendedor, temperamento recio y arriesgado,
trabajaba mucho, y siempre en algo práctico, haciendo de arquitecto,
maestro de obras y peón al mismo tiempo en la construcción
de iglesias y conventos. Llevó a cabo empresas arriesgadas,
obras y trabajos que revelan su genio explorador... Levantó
planos, trazó caminos por regiones inexploradas, se internó
en los bosques donde moraban los igorrotes e hizo con ellos amistad.
Por su carácter llano y sencillo era de todos respetado y querido”.
Misioneros en Perú
Inicios de una nueva obra
El 27 de septiembre de 1901 recibe su nombramiento
como Prefecto Apostólico de Santo Domingo de Urubamba y Madre
de Dios. Embarca hacia el Perú. Después de mes y medio
de travesía llega al puerto del Callao el día 21 de
febrero de 1902. Los Dominicos de Lima le reciben y se aloja en el
Convento de Santo Domingo. Este tiempo en Lima lo dedica a prepararse
para ingresar en la Prefectura que le ha sido asignada: Consultas
en la biblioteca, coordinación con la Sociedad Geográfica
de Lima, búsqueda de apoyos económicos para la misión
que le serán prestados por la “Obra de la Propagación
de la fe en el Oriente del Perú”. Y el 20 de marzo los
misioneros inician viaje hacia Cuzco, donde permanecen hasta el 5
de mayo día en que, acompañado de otros tres misioneros,
inician su viaje hacia la Prefectura Apostólica.
Talante evangelizador
En las primeras expediciones los misioneros conocen las dificultades
de la selva impenetrable, los malos caminos, los ríos torrenciales.
Han viajado en caballería, en canoa y balsas en las que naufragan;
han dormido a la intemperie; han sufrido las inclemencias del clima
y el ataque de los mosquitos. Tendrán los primeros contactos
con los grupos de nativos. Se fundan los dos primeros centros misionales
de los que se responsabilizan los misioneros que le acompañan:
“Santo Domingo de Chirumbia” a orillas del Río
Urubamba y “Asunción de Cosñipata” en la
cuenca del Madre de Dios.
El P. Zubieta se va a convertir en el agente activo y uno de los protagonistas
que sacaron de lo desconocido el extenso territorio del Sureste Amazónico.
El número de nativos era desconocido y bajo el nombre de “chunchos”
se designaban las diferentes tribus: campas, huarayos, piros, machiguengas,
etc. con formas de vida diferentes y particulares.
Concibe el trabajo apostólico como algo
más que administrar sacramentos a los nativos e incluso que
suministrarles las mínimas nociones educativas. Por formación
y por convicción, se compromete y compromete a las autoridades
a conocer el terreno y mejorar las comunicaciones dentro del territorio.
Explora ríos y diseña planos. Instala teléfonos
y mejora senderos y caminos. No importará que le critiquen
acusándolo de que se ocupa de trabajos impropios de un misionero
o que despilfarra en gastos.
En 1906 la Prefectura Apostólica cambia
de Provincia Dominica pasando a pertenecer a la Provincia de España.
La llegada de nuevos misioneros permite explorar nuevas rutas hasta
los límites de Brasil y Bolivia y abrir nuevas misiones. Estos
puestos misionales se convierten en el trampolín para adentrarse
en el interior y ponerse en contacto con nuevas tribus a las que con
posterioridad visitarán frecuentemente.
Defensa de los nativos
Los misioneros hacen frecuentes viajes para visitar
a los nativos. Su presencia resultará incómoda ya que
descubrirán los abusos a los que estos grupos de nativos son
sometidos en las “correrías” que realizan los caucheros
para apresarlos y convertirlos en esclavos para el trabajo de sus
propiedades y repartirse sus mujeres.
Esta era una vieja costumbre implantada en la montaña
y estaba perseguida por leyes que se incumplían en la realidad
diaria. Al Prefecto le va a tocar ahora una nueva tarea la defensa
de los nativos: envía memoriales a las autoridades denunciando
los abusos y proponiendo soluciones. La zona estaba demasiado alejada
para que las medidas tomadas tuvieran fuerza y la justicia pudiera
triunfar. Nuevamente conocerá la calumnia y persecución.
No se desanima y tanto él como los demás misioneros
continúan denunciando los atropellos.
Se implantan escuelas internados donde se imparte
enseñanza a nativos e hijos de caucheros. En el empeño
educativos, la experiencia va conduciendo a una convicción:
los indígenas se integrarán cuando lo hagan sus familias
y también surge una nueva necesidad: los misioneros solos no
pueden hacer esta tarea, necesitan la colaboración de la mujer,
de maestras y formadoras de las niñas ya que, serán
éstas, las que en el futuro formarán hogares con nueva
visión.
de esta necesidad de apoyo femenino en la enseñanza de los
nativos, el P. Zubieta escribe y visita diferentes Congregaciones
que estén dispuestas a ir como misioneras a la selva.
Obispo y Fundador
Un nuevo suceso cambia la vida del P. Ramón
Zubieta. En el año 1912 la Cuenca del Madre de Dios se convierte
en un nuevo Departamento Administrativo del Perú y la Prefectura
es ascendida a Vicariato Apostólico. El Papa Pío X nombra
al Vicario Apostólico como su primer Obispo. La Consagración
Episcopal tiene lugar en Roma, el día 15 de agosto de 1913.
En su viaje a Europa para ser Ordenado Obispo,
expone al Papa Pío X sus planes, y conseguirá su sueño
de encontrar Religiosas para sus misiones. Visita el Convento de Dominicas
de Santa Rosa de Huesca quienes aceptan su pedido. Son asignadas varias
Religiosas para esta misión. En noviembre de 1913 regresa al
Perú al frente de una expedición de cuatro misioneros
y cinco religiosas Dominicas de Santa Rosa de Huesca.
Este viaje será decisivo para conocer a
Madre Ascensión, quien de entre las religiosas destaca por
sus dotes y porque en el futuro será con quien mantenga una
comunicación de dimensión humana y espiritual muy profunda
y con la que compartirá ideales misioneros, planes y proyectos
que sentarán las bases de una nueva congregación misionera.
Una vez instaladas las religiosas en el Convento
del Patrocinio de Lima se inician los preparativos para el viaje a
la selva. Muchas personas no acaban de creer que estas religiosas
tuvieran el valor suficiente de penetrar en la selva por caminos y
en circunstancias extremadamente difíciles. “Imprudencia”,
“temeridad”, “locura” son los calificativos
que aplican a este plan. Superadas las primeras dificultades para
poder contar con los medios necesarios, en junio de 1915 las tres
primeras religiosas se traslada a Puerto Maldonado, para trabajar
en el primer centro educativo y en medio de los nativos.
La experiencia del trabajo misionero, las dificultades
de coordinar y comunicarse con las religiosas del Convento de Huesca,
la necesidad de nuevas vocaciones y nuevas formas de vida para esta
nueva misión, irá dando las pautas para la organización
de una nueva Institución a la que Mons. Zubieta irá
dedicando sus desvelos, trabajos, ilusiones y proyectando la organización
oficial que precisa para darle forma y consistencia como congregación
misionera.
Se tramitan los asuntos oficiales y el 5 de octubre
de 1918 se funda la Congregación de Misioneras Dominicas del
Rosario. En noviembre de 1920 viaja a Roma, pasando por España
para fundar el primer Noviciado. En una de sus cartas escribirá:
“Creo de tan trascendental importancia la obra que tenemos a
nuestro cargo, que me parece es lo único bueno que he hecho
en mi vida. Lo que vosotras hacéis, donde quiera que os encontréis,
vale más que todos los trabajos de una comunidad de religiosos,
más que todos los sermones, sencillamente, porque educáis
a la mujer, base de la familia y de la sociedad...”.
Los últimos años de la vida de Mons.
Zubieta estuvieron marcados por el dolor. La crisis de caucho, la
decadencia de la demanda de este producto despuebla el territorio
de misión de los explotadores de esta materia prima y los nativos
se internan en la selva. Los puestos de misión quedan semidespoblados.
Se dan disturbios políticos que afectan a toda la nación
y también al Vicariato. Los misioneros son atacados y se les
prohíbe ejercer sus tareas.
Monseñor Zubieta se encuentra cansado física
y moralmente. Sigue trabajando, a pesar de las indicaciones médica
que le aconsejan descanso para reponerse, e intenta seguir en la brecha
hasta el final. Él mismo escribe: “Me dice el médico
que tomando ahora un descanso y curándome, tendría vida
y disposición para trabajar 30 años; pero si no me curo,
tomando el descanso necesario, sólo podré trabajar tres
años más. Como estos tres primeros años son los
más interesantes para la Congregación, a fin de pagar
deudas y cimentar bien las casas principales de la misma, creo que
será más agradable a Dios que yo trabaje hasta que me
sea posible, con el fin indicado, aunque pasados esos tres años
quede inútil para el trabajo y abrevie la vida”.
Y llega la muerte presentida y aceptada. Estando
en Huacho, Perú, apoyando las obras en el Colegio de las Misioneras
Dominicas de esa ciudad, acaece su muerte el 19 de noviembre de 1921.
El P. Osende OP, testigo de su muerte escribirá: “Tanto
su enfermedad como su muerte fueron de lo más conmovedor y
edificante. Todo se puede resumir en esta frase corriente que en este
caso es de rigurosa exactitud: murió como un santo”.
El duelo por la muerte del Obispo Misionero fue
general en toda la Nación. Tenía 57 años y, de
los 32 que había pasado en tierras de misión, 20 estuvo
en el Perú. Fue enterrado en el Santuario de Santa Rosa de
Lima. En la Capilla que conmemora el lugar de nacimiento de la Santa
Limeña, reposan sus restos.
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